Cuando hay un planeta en la casa XII de la carta natal, la persona lleva marcas arquetípicas inconscientes a partir de las cuales traduce sus experiencias. Es importante entonces recuperar la memoria de estos surcos de vivencias ancestrales para poder evitar los equívocos que se producen al interpretar experiencias presentes de acuerdo a memorias inconscientes. En el caso de Plutón, estas marcas tienen que ver con las maneras humanas de relacionarse con lo oscuro de la existencia y con la presencia de destrucción en la vida. Ante la exuberante vitalidad de la existencia, el ser humano toma contacto con la muerte, y por el terror que esto le produce, la reacción primitiva ha sido intentar controlarla.

Esto es lo que ocurría en el sacrificio: por haber reconocido el poder destructivo de la vida, se destruían deliberadamente vidas valiosas para la comunidad con el fin de intentar aplacar el anhelo de destrucción de los dioses y, al apropiarse de una función que era considerada divina, adquirir así poder. En la antropofagia ritual ocurría algo similar, se trataba de una transferencia de poder a través de la ingesta del cuerpo muerto del enemigo. Se armó así un juego de manipulación como reacción al poder destructivo de la vida. Entonces poder y destrucción queda ligada a la imagen arquetípica de  Plutón, como también están relacionados el dolor de la víctima y la omnipotencia, dado que ser parte del sacrificio implica de alguna manera ser una salvación para los demás.

En la memoria inconsciente de alguien con Plutón en la última casa de la carta natal estos arquetipos operan con mucha potencia. Además de archivar todas las figuras y fantasías en torno a la muerte, aparece recurrentemente la idea de mutilar vitalidad para evitar a las fuerzas destructivas. Como puede imaginarse al tener en cuenta la presencia de estas huellas en el inconsciente de la persona con Plutón en XII, aquí se producirá con más fuerza que con cualquier otro planeta la negación de la función, la sensación de que no cuenta con energía plutoniana.

Como consecuencia la persona se polariza con mucha fuerza en el lado inverso de la energía, es decir, siente que no tiene poder y permanece retenida y muy sensible. Sin embargo, a la vez se siente atraída energéticamente por personas poderosas (como políticos o gente con mucho dinero), manipuladoras, con tendencia a someter, y en ocasiones se siente rodeada de sufrimiento. Esto puede colocarlas fácilmente en el lugar de víctima, donde se esconde un gran goce y del que no es fácil salir. También es frecuente que sueñe o sienta que dialoga con la muerte, que escucha su voz, aunque no sea común que lo confiese. Así se configura la ambivalencia propia de todo planeta ubicado en la casa XII: simultáneamente produce terror y fascinación.

La experiencia que permite empezar a equilibrar la energía que se polariza ante la presencia fuerte de Plutón es la de llegar a una instancia en que todo se derrumba, tocar fondo (sea una pérdida afectiva, una quiebra económica o un problema de salud serio), y luego experimentar un renacimiento a partir del cual aparece una potencia mayor que la que había antes del derrumbe. A partir de vivencias de este tipo, la persona con Plutón en XII cobra una confianza en la vida distinta a la confianza jupiteriana, ya que proviene de una sabiduría acerca de la potencia profunda de la vitalidad.

En la medida en que esto va apareciendo, la persona puede ir con mayor conciencia hacia donde se transmite vida y hacer de ello su vocación, por ejemplo trabajar con pacientes terminales o con adictos graves. El potencial de aquel que tiene en su inconsciente todo el recorrido de lo plutoniano (destrucción, muerte, poder, transformación) es que se trata de una persona que puede contagiar e irradiar vida. Esto quiere decir que es una persona con el poder de curar, especialmente a través de las manos. Que pueda ponerlo en práctica o no depende de si ha podido limpiar los temores y las manipulaciones respecto a la vitalidad intensa. Si no lo ha hecho, puede preferir destruir, sacrificar, manipular, ponerse en el lugar de víctima o lo que sea necesario para no enfrentarse con el hecho de que la vida se recupera de cualquier nivel de destrucción y siempre se regenera.

Para convertirse en un ser curador tiene que haber conocido los extremos de la vida (que incluyen el poder, el dolor y la muerte) y tiene que tener en su propio cuerpo la experiencia de haber vencido a la muerte en el sentido de descubrir todavía más vida en la muerte misma. Luego, al saberse atravesada por esta energía, la persona puede ser consciente de que dispone de ella cuando los otros la necesitan, entonces será capaz de ponerla en práctica al servicio de los demás. Cuanto más dé a otros esta gran energía vital que es capaz de transmitir y evite sustraerse de la vitalidad o intentar manipularla, más noción cobrará de que cura y da vitalidad, y esto será para ella profundamente transformador.